Están abiertas las
comunidades de Madrid y Extremadura y estamos sanos. Como decía el poeta
romano: CARPE DIEM.
Mérida es monumental y suele
tener muy buena temperatura a finales de
invierno, además, el camino desde casa es asumible en un día para la pequeña
BMW y la ruta tiene, moto tramos preciosos.
Empezamos camino, después de
trabajar, cansados pero con mucha ilusión, atravesando la zona Noroeste de
nuestra comunidad, hacia el sur. Es una ruta conocida, pero muy entretenida,
que nos permitió llegar a Santa Cruz del Retamar casi sin darnos cuenta.
En estas carreteras, la
pequeña 310 va muy bien, de vez en cuando curveo con la XR, claro, pero al
cortar gas en las zonas rectas, enseguida me ilumina el faro de Silvia.
Un tramo de autovía (aburrido)
nos acerca a los Ibores. Es justo el codo de la ruta y es espectacular. El
trazado, la vegetación y la nula circulación nos permiten disfrutar muchísimo
y, ahora sí, acercarnos a la “normalidad”.
El tramo final hasta Mérida
lo hicimos casi anocheciendo, llegando con
tiempo suficiente para aparcar las motos (cuatro candados en la plaza de
parking del hotel, jejeje), desaher maletas y cenar en una terracita
disfrutando de las delicias gastronómicas extremeñas.
Eso sí, a las 23:00, toque
de queda.
Oficina de turismo a primera
hora y a disfrutar del teatro y anfiteatro Romano. Prácticamente solos, con
fresco y sol, en un paraje incomparable y muy bien acondicionado. PERFECTO.
Después de admirar los
mosaicos de la Casa Mitreo y de disfrutar de un paseo por los Columbarios,
empezamos a notar cansancio, pero estamos tan flipados con lo que ofrece la
ciudad que no podemos parar.
La Alcazaba y el área arqueológica de la Morería, enfrente de los puentes del Guadiana, terminan a partes iguales por fascinarnos y por agotarnos.
Fácil solución: comida en
terraza frente al Guadiana. Sol, raciones extremeñas y cerveza.
Por la tarde, museo arqueológico (im-pre-sio-nan-te) y descanso en el hotel. Queda un poquito de sol. Una vueltecita en moto, apetece. Por un lado nos permite acercarnos a los acueductos de los Milagros y de San Lázaro y por otro realizar una pequeña ruta hasta el embalse de Proserpina.
Día completo, día comansi.
Nos queda mucho por ver. No
te terminas Mérida en un día. Nos acercamos paseando (en total, nos haremos 20
Km andando a lo largo de todo el finde) al
Circo.
Teniendo en cuenta mi
afición desmedida por el motorsport, me encuentro subyugado. 30000 personas,
hace 2000 años, enganchadas por la competición de velocidad y riesgo de bigas
(bicilíndricas, jeje) y cuadrigas (cuatro cilindros, jejeje).
La Cripta de Santa Eulalia,
estremece y su calle frontal nos acerca al centro de la ciudad, donde
disfrutamos del templo de Diana, mientras tomamos un cafelito en una de las
terrazas más espectaculares de España.
Una vez repuestos, toca
cruzar el Guadiana por el puente romano y tapear por las terrazas del centro de
la ciudad.
Descanso en el hotel
(empezamos a tener cargadas las piernas) y nueva ruta en moto por los
alrededores, esta vez hasta el embalse de Cornalvo y su parque natural, que
dispone de una estrecha carretera asfaltada, que atraviesa serpenteando dehesas
verdes y húmedas, hasta llegar a la presa del embalse.
Hemos quedado para cenar con
nuestros amigos Patricia y Antonio en el restaurante A de Arco. El dueño es
hermano de un compañero de trabajo de Silvia. Cenamos, muy bien, con el arco de
Trajano de mural. Un lujo por la
compañía y por el entorno.
Eso sí: toque de queda a las
23:00.
Nos volvemos por Guadalupe.
Sin apenas circulación y disfrutando del paisaje y la temperatura. Es una ruta
motera espectacular.
Parada para rezarle un Ave
María a la Virgen y almuerzo con nuestros amigos y de nuevo en ruta, curveando
por el Puerto de San Vicente y subiendo por la N403 hasta casa.
Se cierran perimetralmente
todas la Comunidades de cara al puente de san José y la Semana Santa. CARPE
DIEM.












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