Las rutas en moto por la
meseta y alrededores son geniales y sus gentes maravillosas pero, en verano,
mejor evitarlas.
Motos al carro y autovía, en
coche, a 120 Km/h, con A/A y buena música.
Después de los sucesivos confinamientos,
los madrileños teníamos que ver el mar, de nuevo. La costa atlántica de Cádiz y
sus pueblos, fueron nuestra elección.
La ruta en moto por la zona
es interior. Muy divertida, con carreteras reviradas, muy poca circulación y más vacas que en
Asturias.
Unimos, Alcala de los
Gazules con Setenil de las Bodegas, a través de Ubrique, Zahara de la Sierra,
Grazalema y Ronda.
Una ruta periférica al
parque natural de la sierra de Grazalema que te llena, tanto cuando disfrutas
sobre la moto de la conducción y de los paisajes, como cuando te bajas a
recorrer sus preciosos pueblos. Mención especial a Grazalema y su cuidado
callejero.
Pero la moto también es
aventura y forma parte del juego, solventar algún problema. A pesar de llevar
la moto (KTM 690) revisada y con neumáticos nuevos, pinché. La verdad es que
las carreteras de la ruta están bastante deformadas en algunos tramos y
requieren concentración para evitar esas ondulaciones en las trazadas, no
forzar los neumáticos o sufrir movimientos raros en frenadas y aceleración.
El caso es que el kit de SM
de la KTM lleva cámara, así que no se puede reparar sin desmontar.
Llamada a la asistencia y a
reparar en Ronda. Mientras nosotros, en la pequeña BMW, disfrutamos de una
visita a este precioso pueblo Malagueño.
Pero no terminaron los contratiempos con el pinchazo. Ya de vuelta, camino a Conil, la KTM empezó a dar tirones hasta que finalmente su conducción se hizo imposible. Tuve que buscar un camino de servicio, esconderla, atarla a una valla y terminar ruta con la BMW de Silvia (compañera y moto se portaron como unas campeonas).
Una pena. La 690 no me había
dejado tirado en 10 años de aventuras por todo tipo de rutas, tanto trail como
de asfalto.
Después con calma, fui a
buscarla con el carro y la rescaté. Está perdonada.
Salto mesetario y temporal mientras avanza el verano.
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Siempre pasamos parte de las
vacaciones en el norte. Concretamente en el Cantábrico, pero cuando José María
nos dijo que estaría en Cerler y que pasáramos a verle, nos pareció genial cambiar
la costa por la montaña pirenaica.
Y acertamos plenamente,
pasando unos días fantásticos, entre amigos, en un entorno increíble.
Pero no hay verano sin moto,
así que subimos al carro las dos BMW´s (La KTM sigue en proceso de reparación)
y preparamos un par de rutas.
La transpirenaica es una
maravilla. La he disfrutado en diferentes versiones, pero las rutas en moto con
base de operaciones (en esta caso Cerler) con rutas a este y oeste del lugar de
descanso, también tienen sus ventajas y si hay una ola de calor y llevamos un
coche de apoyo para cambiarnos y dejar cosas ya ni te cuento.
De esta manera, pudimos motorutear
por el valle de Benasque, el de Ainsa y
el de Viella. Nos fuimos turnando las motos durante el recorrido, mientras el
coche de apoyo nos escoltaba, disfrutando lo que la canícula permitió.
Me hizo especial ilusión que
tanto José María, como Alejandra y Rafael se dieran una vuelta en moto por el
pirineo, teniendo en cuenta lo lejos que viven de España.
La vuelta a casa por
autovía, con las motos en el carro, mientras el termómetro del coche marcaba
43º fue, por empatía, estremecedora.








