viernes, 23 de agosto de 2019

MOTO Y ATLÁNTICO


Muchos viajes a Portugal disfrutando de sus paisajes, su gente y su gastronomía. Muchas ganas de moto y de mar. Si juntábamos todas las variables nos salía un viaje en moto a Portugal a una zona costera fresquita. Un buen rato frente al ordenador  y varios cafés con hielo, dibujaron un track revirado pero plausible que nos llevará hasta las larguísimas playas que unen Aveiro con Figueira da Foz.
Moto revisada: lo normal y un par de puntos de precarga; sencillo. Equipaje para dos, durante una semana, entre baúl y bolsa sobre depósito; complejo.


Salimos sin madrugar y sin calor en dirección a las Arribes del Duero (vertiente Española). Saucelle, Aldeadavila, Fermoselle, etc. Hasta entrar en Portugal por Miranda do Douro, donde haremos noche.
Paramos en algunos, de los muchos miradores del Duero, disfrutando de su anchura y verdor mientras recorremos las sinuosas y solitarias carreteras que los unen.




Algunos miradores (de las Barrancas) están cerca de ermitas que sorprenden (Nuestra señora del castillo).


Miranda merece una parada. Un paseo por su casco antiguo (muralla, castillo y catedral) nos entretiene hasta la cena.


Empezamos la ruta por los arribes portugueses descansados y con una temperatura perfecta. También paramos en algunos de sus miradores (do Colado), muy cuidados y con buenos accesos y señalización.



La playa fluvial de Freixo de Espada a Cinta está cerca y es tan acogedora y agradable que nos quedamos un buen rato disfrutándola.


Descendemos hacia el sur por su famosa N221de trazado precioso y asfalto  gris ceniza, que al principio no da mucha confianza, pero que tiene un agarre excepcional en seco, como parecen decir sus múltiples destellos brillantes. En Pinhel paramos a comer y a descansar de curvas.
Atravesar un país estrecho hace que lleguemos a nuestro destino costero (Quiaios) sin darnos cuenta.
Checking e inmediatamente al mar. Pies al agua, paseíto por la arena y cena en chiringuito. Perfecto



Amanece con un sol de justicia y solo 25º C. Cogemos carreteras secundarias entre bosques muy cerca del mar hasta llegar a Aveiro.




Recorrido a pie y en barca disfrutando de sus pintorescos canales. Muy bonito y acogedor. Silvia se queda con ganas de más barco y decidimos apuntarnos a un paseo por los canales de su ría…somos los únicos. El barquero nos comenta, con cara de póquer: -no puedo sacar la barca grande solo para dos, pero si os animáis, os llevo en la barca de rescate-. La barca de rescate parece incomoda e insegura. Una auténtica aventura. Justo lo que le gusta a Silvia.





Disfrutamos: de un par de horas navegando rodeados de grandes paisajes de salinas abandonadas y de un par de docenas de saltos con salpicadas antológicas. Lo hemos pasado fenomenal y el barquero….también.
Visita al faro de barra (realmente alto) y a las pintorescas casitas de Costa Nova antes de volver al descanso del hotel.



Tarde de playa, piscina al aire libre, piscina cubierta y jacuzzi.
Hoy toca Figueira, pero sin prisa, primero disfrutamos de pasear por las pasarelas de madera, que surfean sobre las dunas de arena, paralelas al mar. Un lujo de varios kilómetros.





Los recorridos en moto por la zona costera son muy variables: carreteras monótonas y rectilíneas o pistas asfaltadas reviradas entre bosques. Hay que saber elegir
El cabo Mondego es otra cosa. Un pequeño puerto, con varios recorridos sinuosos entre una vegetación muy agreste e increíbles vistas del atlántico y de Figueira.



Nos impresiona el Palacio Sotto Maior. Merece una visita.


Cena y copa. Los chiringuitos con puesta de sol atlántica tienen su punto.


Nos vamos al interior. Sigue sin hacer calor. Coimbra es monumental. Recorremos la universidad, la biblioteca Joanina, el monasterio de la Santa Cruz, la Catedral Vieja, sus plazas y calles. Ralentizamos la visita, tomándonos  tiempo en disfrutarlo. Buscamos un restaurante apartado, donde comemos fenomenal: arroz con pulpo y atún a la brasa.



Nuestra última tarde en la costa: sesión continua de agua salada y dulce. Jugamos con las olas hasta hartarnos y recorremos toda la costa que podemos (andando por las maravillosas pasarelas) hasta que se ocultó el sol.


Nos vamos. Pero volveremos. Curvearemos desde Arganil hasta Guarda. Arganil, con sus pistas de WRC, es un muy buen lugar para enfilar la sierra de la Estrella. Además tiene una playa fluvial, con chiringuito y piscina, muy agradable para hidratarse y prepararse para el atracón de curvas que nos vamos a dar.


No es una cordillera extensa, pero los recorridos que se pueden hacer por dicha sierra no defraudan. Mucha curva con asfalto de todo tipo, pero siempre con grandes paisajes, manchados de bosques de lanzas negras, que nos recuerdan los terribles incendios que asolaron  estas tierras.


La cumbre tiene un restaurante y una pequeña estación de esquí (cota 2000). Perfecto para parar y reponer fuerzas.


Dejamos las carreteras principales que recorren la sierra y nos adentramos en los recorridos secundarios, más sinuosos si cabe.


Conviene hacer un inciso para el motero, las carreteras reviradas de Portugal son muy divertidas y no están; ni muy mal señalizadas, ni tiene un asfalto malo pero prácticamente carecen de arcén, así que es buena idea dejar un pequeño margen de seguridad.
Manteigas nos recibe cansados, sin embargo, su valle de acceso es de una belleza brutal y lo disfrutamos mucho.
Durante la bajada para abandonar la sierra, la circulación (sin ser mucha) aumenta y el recorrido sigue siendo igual de difícil. Silvia tiene un golpe de calor y tenemos que parar en un pueblo a refrescarnos en su fuente y dejar el track original, para ponernos en ruta a Guarda, por el camino más recto. En media hora estamos duchados, cambiados y de paseo por el casco antiguo de Guarda admirando su magnífica Catedral.


Cenamos muy bien, en una marisquería,  por aquello de alargar el sabor costero.
Último día: a atravesar las conocidas carreteras Salmantinas y a casa a abrazar a nuestras hijas.
La moto y la copiloto han sido unas protagonistas perfectas y el conductor un privilegiado. En estos tiempos de crónicas de grandes aventuras solitarias, los pequeños viajes, en la mejor compañía, plenos de kilómetros de calidad, tienen un valor extraordinario.