Muchos viajes a Portugal
disfrutando de sus paisajes, su gente y su gastronomía. Muchas ganas de moto y
de mar. Si juntábamos todas las variables nos salía un viaje en moto a
Portugal a una zona costera fresquita. Un buen rato frente al ordenador y varios cafés con hielo, dibujaron un track
revirado pero plausible que nos llevará hasta las larguísimas playas que unen
Aveiro con Figueira da Foz.
Moto revisada: lo normal y
un par de puntos de precarga; sencillo. Equipaje para dos, durante una semana, entre
baúl y bolsa sobre depósito; complejo.
Salimos sin madrugar y sin
calor en dirección a las Arribes del Duero (vertiente Española). Saucelle,
Aldeadavila, Fermoselle, etc. Hasta entrar en Portugal por Miranda do Douro,
donde haremos noche.
Paramos en algunos, de los
muchos miradores del Duero, disfrutando de su anchura y verdor mientras
recorremos las sinuosas y solitarias carreteras que los unen.
Algunos miradores (de las Barrancas)
están cerca de ermitas que sorprenden (Nuestra señora del castillo).
Miranda merece una parada.
Un paseo por su casco antiguo (muralla, castillo y catedral) nos entretiene
hasta la cena.
Empezamos la ruta por los
arribes portugueses descansados y con una temperatura perfecta. También paramos
en algunos de sus miradores (do Colado), muy cuidados y con buenos accesos y
señalización.
La playa fluvial de Freixo
de Espada a Cinta está cerca y es tan acogedora y agradable que nos quedamos un
buen rato disfrutándola.
Descendemos hacia el sur por
su famosa N221de trazado precioso y asfalto
gris ceniza, que al principio no da mucha confianza, pero que tiene un
agarre excepcional en seco, como parecen decir sus múltiples destellos
brillantes. En Pinhel paramos a comer y a descansar de curvas.
Atravesar un país estrecho
hace que lleguemos a nuestro destino costero (Quiaios) sin darnos cuenta.
Checking e inmediatamente al
mar. Pies al agua, paseíto por la arena y cena en chiringuito. Perfecto
Amanece con un sol de
justicia y solo 25º C. Cogemos carreteras secundarias entre bosques muy cerca
del mar hasta llegar a Aveiro.
Recorrido a pie y en barca
disfrutando de sus pintorescos canales. Muy bonito y acogedor. Silvia se queda
con ganas de más barco y decidimos apuntarnos a un paseo por los canales de su
ría…somos los únicos. El barquero nos comenta, con cara de póquer: -no puedo
sacar la barca grande solo para dos, pero si os animáis, os llevo en la barca
de rescate-. La barca de rescate parece incomoda e insegura. Una auténtica
aventura. Justo lo que le gusta a Silvia.
Disfrutamos: de un par de
horas navegando rodeados de grandes paisajes de salinas abandonadas y de un par
de docenas de saltos con salpicadas antológicas. Lo hemos pasado fenomenal y el
barquero….también.
Visita al faro de barra (realmente
alto) y a las pintorescas casitas de Costa Nova antes de volver al descanso del
hotel.
Tarde de playa, piscina al aire
libre, piscina cubierta y jacuzzi.
Hoy toca Figueira, pero sin
prisa, primero disfrutamos de pasear por las pasarelas de madera, que surfean
sobre las dunas de arena, paralelas al mar. Un lujo de varios kilómetros.
Los recorridos en moto por
la zona costera son muy variables: carreteras monótonas y rectilíneas o pistas
asfaltadas reviradas entre bosques. Hay que saber elegir
El cabo Mondego es otra
cosa. Un pequeño puerto, con varios recorridos sinuosos entre una vegetación
muy agreste e increíbles vistas del atlántico y de Figueira.
Nos impresiona el Palacio
Sotto Maior. Merece una visita.
Cena y copa. Los
chiringuitos con puesta de sol atlántica tienen su punto.
Nos vamos al interior. Sigue
sin hacer calor. Coimbra es monumental. Recorremos la universidad, la
biblioteca Joanina, el monasterio de la Santa Cruz, la Catedral Vieja, sus
plazas y calles. Ralentizamos la visita, tomándonos tiempo en disfrutarlo. Buscamos un restaurante
apartado, donde comemos fenomenal: arroz con pulpo y atún a la brasa.
Nuestra última tarde en la
costa: sesión continua de agua salada y dulce. Jugamos con las olas hasta
hartarnos y recorremos toda la costa que podemos (andando por las maravillosas
pasarelas) hasta que se ocultó el sol.
Nos vamos. Pero volveremos. Curvearemos
desde Arganil hasta Guarda. Arganil, con sus pistas de WRC, es un muy buen
lugar para enfilar la sierra de la Estrella. Además tiene una playa fluvial,
con chiringuito y piscina, muy agradable para hidratarse y prepararse para el
atracón de curvas que nos vamos a dar.
No es una cordillera
extensa, pero los recorridos que se pueden hacer por dicha sierra no defraudan.
Mucha curva con asfalto de todo tipo, pero siempre con grandes paisajes,
manchados de bosques de lanzas negras, que nos recuerdan los terribles
incendios que asolaron estas tierras.
La cumbre tiene un
restaurante y una pequeña estación de esquí (cota 2000). Perfecto para parar y
reponer fuerzas.
Dejamos las carreteras
principales que recorren la sierra y nos adentramos en los recorridos
secundarios, más sinuosos si cabe.
Conviene hacer un inciso
para el motero, las carreteras reviradas de Portugal son muy divertidas y no
están; ni muy mal señalizadas, ni tiene un asfalto malo pero prácticamente
carecen de arcén, así que es buena idea dejar un pequeño margen de seguridad.
Manteigas nos recibe
cansados, sin embargo, su valle de acceso es de una belleza brutal y lo
disfrutamos mucho.
Durante la bajada para
abandonar la sierra, la circulación (sin ser mucha) aumenta y el recorrido
sigue siendo igual de difícil. Silvia tiene un golpe de calor y tenemos que
parar en un pueblo a refrescarnos en su fuente y dejar el track original, para
ponernos en ruta a Guarda, por el camino más recto. En media hora estamos
duchados, cambiados y de paseo por el casco antiguo de Guarda admirando su
magnífica Catedral.
Cenamos muy bien, en una
marisquería, por aquello de alargar el
sabor costero.
Último día: a atravesar las
conocidas carreteras Salmantinas y a casa a abrazar a nuestras hijas.
La moto y la copiloto han
sido unas protagonistas perfectas y el conductor un privilegiado. En estos
tiempos de crónicas de grandes aventuras solitarias, los pequeños viajes, en la
mejor compañía, plenos de kilómetros de calidad, tienen un valor
extraordinario.








